Capital Humano
La economía española crece, pero la productividad parece estar estancada. Según algunos expertos, eso indica que España no está participando de la revolución tecnológica que se vive en los Estados Unidos. El progreso americano es sano, nos dicen, ya que la creciente productividad permite aumentar salarios sin tener que repercutirlos en los precios. En España, por el contrario, cualquier aumento salarial genera inflación.
Si los datos de productividad fueran ciertos, los expertos tendrían parte de razón porque, a largo plazo, los salarios reales solamente pueden crecer si los trabajadores son más productivos. El problema es que los datos sobre productividad son como los números complejos: mitad reales y mitad imaginarios.
La productividad del trabajo se define como la producción total de la economía (el PIB) dividida por el número de trabajadores. Hacer esta simple división sería muy sencillo si no fuera por el hecho de que no sabemos medir bien ni el PIB ni el número de trabajadores. En primer lugar, hay que tener en cuenta que no todos los trabajadores son iguales. Cuando se emplea a un trabajador poco cualificado, la productividad media baja. Este factor es importante porque el reciente ciclo económico español se ha caracterizado por una espectacular reducción del desempleo. Si, como es de esperar, los que estaban parados eran menos productivos, su contratación tiende a reducir la productividad media sin que ello tenga nada que ver con la adopción de las nuevas tecnologías. Naturalmente, esta situación no es mala ya que la alternativa hubiera sido crecer sin crear empleo. Y quien ahora critica al gobierno por generar crecimiento con empleo y sin productividad, lo hubiera criticado todavía más si el crecimiento no hubiera conllevado un aumento de la ocupación (¡hubieran dicho que solamente beneficiaba a los amiguetes del ministro!).
El segundo problema es que calcular la producción total o PIB real es difícil. Si la economía produce 100 toneladas de patatas en 1.990 y 110 toneladas en el 2.000, está claro que la producción subió en un 10%. Hasta aquí no hay ningún problema. La cosa se complica cuando la calidad de los bienes mejora con el tiempo. Si se produjeron 10.000 coches en 1.990 y 11.000 en el 2.000, el número de coches subió en un 10%. Ahora bien, la producción, es decir la cantidad de bienes disponibles en la economía, subió un poco más ya que, a diferencia de las patatas, los coches del 2.000 tenían una calidad muy superior y los servicios que generaban eran mucho mayores. Es decir, si no se tienen en cuanta los cambios en la calidad, las estadísticas del PIB tienden a infravalorar el crecimiento real del PIB y de la productividad. Lógicamente, este problema es especialmente grave en momentos como los actuales, cuando el rápido progreso tecnológico afecta a casi todos los sectores de la economía, desde el financiero hasta el sanitario, pasando por la informática, la ingeniería genética y las telecomunicaciones. A raíz del informe Boskin del 1996, los Estados Unidos introdujeron cambios para intentar corregir, en la medida de lo posible, estos errores estadísticos. Un estudio del banco Morgan Stanley demuestra que si se utilizara la metodología americana en Europa, nuestra productividad estimada subiría en un 0,5% (es decir, en lugar de un 1%, la productividad crecería en un 1,5%.) La productividad real española, pues, podría ser mucho mayor de lo que indican las estadísticas oficiales (y digo podría porque el INE, el misterioso INE, no explica exactamente como corrige los sesgos introducidos por el cambio de calidad en las estadísticas españolas).
La incertidumbre que rodea las estadísticas que se manejan, aconseja moderación a la hora de tomar grandes decisiones de política económica. A pesar de ello, algunos observadores utilizan esos datos para exigir al gobierno elevadas inversiones en I+D. Y aquí vuelven a equivocarse.
Los grandes beneficiarios de las revoluciones tecnológicas no son los inventores sino los usuarios. Se podría decir que la última gran revolución fue la que conllevó la electricidad a principios del siglo XX. Es evidente que los países que se han hecho ricos desde entonces, no son solo los que inventaron la electricidad (ya que, si fuera así, solamente los Estados Unidos serían ricos), sino todos los que fueron capaces de adaptar sus economías para poder utilizarla de forma generalizada.
De la misma manera, el hecho que el teléfono móvil, el internet o el ordenador personal no se descubrieran en Catalunya, no impide que gran parte de nuestra población utilice diariamente estos inventos y que nuestras empresas no puedan experimentar mejoras de productividad gracias a estos ingenios. No perder el tren de las tecnologías no significa inventarlas, sino asegurarse que se tiene la capacidad de usarlas y beneficiarse de ellas.
Un aspecto importante es que, para utilizar los nuevos procesos tecnológicos, los trabajadores necesitan mucha formación (los economistas decimos que las tecnologías y el capital humano son complementarios.) En este sentido, políticas educativas y de reciclaje tenderán a dar mejores resultados que políticas que dilapiden millones en I+D. Primero, porque cuantos más trabajadores puedan utilizar las nuevas tecnologías, más productivo y rico será el país en general. Y segundo, porque los salarios de los que sean capaces de adaptarse subirá, mientras que los de los demás se quedarán estancados. Para evitarlo, las inversiones deben estar centradas en la educación de nuestros jóvenes. Es imperativo reformar nuestro sistema educativo: hay que enseñar a aprender ya que el proceso de aprendizaje en un mundo cambiante no se acaba nunca.
Podemos permitir que Bill Gates siga inventando nuestro software. Lo que no podemos permitir es que nuestros niños crezcan sin estar totalmente adaptados al nuevo mundo de las tecnologías de la información. La mejor herencia que les podemos dejar es el capital humano.
Xavier Sala-i-Martín és Catedràtic de Columbia University i Professor Visitant de la Universitat Pompeu Fabra
© Xavier Sala-i-Martín, 2000.