jueves 12 de diciembre de 2002

 
 Economía 

Ricos y pobres

Por PEDRO SCHWARTZ

Marx revolucionó medio mundo con su eslogan, «¡Uníos hermanos proletarios!». Se equivocó al atizar la lucha de clases, que ni fomentó la riqueza ni redujo la desigualdad.

Hoy estamos realizando otra revolución más positiva, la de abrir los países al libre movimiento de capitales, al libre intercambio de mercancías, y, a regañadientes, al no tan libre movimiento de personas. Quizá lleguemos a unirnos todos en la prosperidad. Pero, me dirán ustedes, ¿no denuncian todos los hombres buenos y sabios de este mundo que la globalización traída por la libertad económica está multiplicando el número de pobres y ahondando la desigualdad en nuestro planeta?

Hace un tiempo, leí en ABC una entrevista dominical con José Antonio Marina. Le traigo a colación porque discrepo de una de sus afirmaciones sobre la mundialización económica. Dijo Marina con acierto que «la globalización sirve para aumentar la prosperidad del planeta»; pero añadió que «al mismo tiempo la globalización está produciendo la separación entre países pobres y ricos», lo que es más discutible.

Soy admirador de Marina y de sus obras. Si no han oído alguna de sus conferencias, apúntense sin falta a la próxima y verán cómo divierte mientras instruye. Si no han leído ninguna de sus obras, láncense a comprar, por ejemplo, «Elogio y refutación del ingenio» o bien «El misterio de la voluntad perdida», por no citar más que dos de sus punzantes ensayos. Verán con qué talento utiliza el análisis del idioma para descubrir cómo vemos el mundo; y con qué conocimiento contrasta estas conclusiones con lo que nos dicen las ciencias.

La globalización, o mundialización como en 1930 dijo Ortega en «La rebelión de las masas», consiste en la comunicación de las informaciones, los conocimientos, los gustos, las modas, las mercancías, los dineros, con intensidad creciente entre todos los pueblos del mundo. A Ortega no acababa de gustarle esta democratización masiva de los productos de la civilización, porque desplazaba los modos y gustos de las elites cultas. Diré de paso que no tengo tanto miedo a las masas como Ortega, porque en la sociedad occidental las diversas minorías son libres de cultivar la forma de vida que crean la mejor: incluso pueden verla triunfar en competencia con otras más efímeras. Mi batalla hoy es otra. Creo que es un error sostener que, con la extensión del capitalismo democrático, ha aumentado el número de pobres en el mundo, y afirmar que se ha ensanchado la desigualdad entre ricos y pobres.

Antes de detallarles las estadísticas sobre las que me baso para afirmar que, al menos desde hace treinta años, el número de pobres en el mundo disminuye y la igualdad de ingresos entre individuos aumenta, quiero hacer dos reflexiones. La primera es que las personas que denuncian la pobreza y la desigualdad son en su inmensa mayoría gentes de buena voluntad, algunas de ellas capaces de sacrificarse personalmente para ayudar a los desheredados, incluso poniendo en peligro la salud y a veces la vida. La segunda reflexión es que no me sorprende que la libertad económica favorezca sobre todo a los pobres: a quienes están hundidos en la indigencia tiene que suponerles una palpable mejora la posibilidad de encontrar trabajo incluso mínimamente remunerado, de vender sus productos por dinero en vez de alimentarse con la cosecha de su pobre huerto, de comprar los aperos y máquinas a precios más baratos que los cargados por los monopolios locales, de beneficiarse de las inversiones directas o financieras venidas del extranjero. Hay quienes denuncian el libre comercio como un modo de explotación de los pobres por los ricos: pues bien, esos tales desconocen un principio elemental de la ciencia económica y es que todo intercambio voluntario necesariamente tiene que beneficiar a ambas partes, porque, si una parte previese que iba a quedar peor, se negaría a realizarlo.

Un profesor catalán de Economía de las universidades de Columbia y Pompeu Fabra, Xavier Sala i Martín, me envió la primera versión de un papel académico aún no publicado. Lo titula «El «molesto» aumento de la desigualdad de ingresos global». Distingue, como hace Marina, entre pobreza y desigualdad. Podría muy bien ocurrir que el número de pobres disminuyera, incluso con una población en aumento, pero que la diferencia entre pobres y ricos aumentara. Para mí lo importante es que disminuya la pobreza y no me importaría si para ello hubiese que pagar el precio de una mayor desigualdad. Lo sorprendente, sin embargo, es que de 1970 a 1998, no sólo ha disminuido el número y la proporción de pobres en el mundo, sino que también se ha reducido la diferencia de ingresos.

Si definimos como pobres quienes tienen que vivir con menos de un dólar al día (corregido para tomar en cuenta la inflación y las diferencias de poder de compra del dólar en los distintos países), entonces muestra Sala sobre la base de cifras de diversos autores y del Banco Mundial que el número de tales indigentes ha disminuido en 300 millones, durante los últimos treinta años del siglo XX. Y si el umbral de la pobreza se fija en dos dólares al día, el número de pobres ha disminuido en 500 millones de personas en ese período. Ello se debe al notable progreso de China y más tardíamente India, que al abrirse al capitalismo han transformado las vidas de un inmenso número de personas.

La desigualdad la mide Sala por siete de los distintos índices normalmente usados por los especialistas. Pues bien, el resultado que obtiene es que la desigualdad personal en el conjunto del mundo ha disminuido un 14% en esa treintena de años. Otra cosa es que en el Africa sub-sahariana, con excepción de Guinea, Botswana y Sudáfrica, así como en amplias regiones de América del Sur, la pobreza y la desigualdad estén aumentando de forma preocupante. Pero ello se debe a las guerras y al mal gobierno locales, y al egoísmo de la Unión Europea y los EE.UU., que cierran las puertas a las exportaciones de bienes agrícolas, de textiles, de acero, provinientes de esas regiones. Eso no es sobra, sino falta de capitalismo.