Capítulo 2: Las guerras de independencia en España e Hispanoamérica (siglo XIX)

Himnos nacionales

Himno Nacional de Chile (1819)

El primer himno nacional que cantaron los chilenos fue creado en 1819 por el músico Manuel Robles y el poeta argentino Bernardo de Vera y Pintado. Las estrofas de esta primera versión se cantaron hasta 1828 cuando el ministro chileno plenipotenciario en Inglaterra, Mariano Egaña, solicitó una nueva composición musical que acompañara a los versos de Vera y Pintado. La misión recayó en el compositor catalán Ramón Carnicer, quien en esa época se encontraba exiliado en Inglaterra.

El himno nacional chileno actual data de 1847 y su compositor fue el poeta Eusebio Lillo, a quien el Gobierno de Chile le encomendó la creación del texto que debía reemplazar el texto de 1819. El problema con el original es que se consideraba demasiado "antiespañol" durante esa nueva época de cooperación chileno-española, por lo que se decidió mantener la composición musical de Carnicer y adaptar los nuevos versos. A pesar del cambio, el nuevo texto todavía mantiene la estrofa del coro original: "Dulce Patria, recibe los votos....".

 

Ciudadanos, el amor sagrado
de la Patria os convoca a la lid:
libertad es el eco de alarma;
la divisa: triunfar o morir.
El cadalso o la antigua cadena
os presenta el soberbio español:
arrancad el puñal al tirano,
quebrantad ese cuello feroz.

 

Dulce patria, recibe los votos
con que Chile en tus aras juró
que o la tumba será de los libres
o el asilo contra la opresión.

 

Habituarnos quisieron tres siglos
del esclavo a la suerte infeliz,
que al sonar de las propias cadenas
más aprende a cantar que a jemir.
Pero el fuerte clamor de la Patria
ese ruido espantoso acalló;
y las voces de la Independencia
penetraron hasta el corazón.

 

En sus ojos hermosos la Patria
nuevas luces empieza a sentir,
i observando sus altos derechos
se ha incendiado en ardor varonil.
De virtud i justicia rodeada,
a los pueblos del Orbe anunció
que con sangre de Arauco ha firmado
la gran carta de emancipación.

 

Los tiranos en rabia encendidos
i tocando de cerca su fin,
desplegaron la furia impotente,
que aunque en vano se halaga en destruir.
Ciudadanos, mirad en el campo
el cadáver del vil invasor...;
que perezca ese cruel que en el sepulcro
tan lejano a su cuna buscó.

 

Esos valles también ved, chilenos,
que el Eterno quiso bendecir,
i en que ríe la naturaleza,
aunque ajada del déspota vil.
Al amigo y al deudo más caro
sirven hoi de sepulcro i de honor:
mas la sangre del héroe es fecunda,
i en cada hombre cuenta un vengador.

 

Del silencio profundo en que habitan
esos Manes ilustres, oíd
que os reclamen venganza, chilenos,
i en venganza a la guerra acudid.
De Lautaro, Colocolo i Rengo
reanimad el nativo valor,
i empeñad el coraje en las fieras
que la España a estinguirnos mandó.

 

Esos monstruos que cargan consigo
el carácter infame i servil,
¿cómo pueden jamás compararse
con los Héroes del cinco de Abril?
Ellos sirven al mismo tirano
que su lei i su sangre burló;
por la Patria nosotros peleamos
nuestra vida, libertad i honor.

 

Ved la insignia con que en Chacabuco
al intruso supisteis rendir,
y el augusto tricolor que en Maipo
en un día de triunfo os dió mil.
Vedle ya señoreando el Océano
y flameando sobre el fiero León:
se estremece a su vista el Ibero
nuestros pechos inflama el valor.

 

Himno Nacional de la Argentina (1812-1813)

El 6 de marzo de 1813, la Asamblea General Constituyente comisionó al poeta y diputado Vicente López y Planes para redactar el texto de la que sería la única marcha nacional, aprobada como tal por ese Cuerpo Soberano el 11 de mayo de 1813.

La primera partitura que acompañó el poema fue compuesta por Blas Parera, y la tradición indica que fue cantado por primera vez en los salones de doña María Sánchez de Thompson y Mendeville, dama patricia de significativa actuación en esa época.

La versión musical adoptada oficialmente corresponde a la editada en 1860 por el músico Juan Pedro Esnaola, con el título Himno Nacional Argentino, siendo cantadas sólo las primeras y últimas cuartetas del largo poema, por decreto del Poder Ejecutivo de fecha 30 de marzo de 1900, al considerar el mismo que algunas de las estrofas de la versión original podían ofender al pueblo español.

 

Sean eternos los laureles
que supimos conseguir
coronados de gloria vivamos
o juremos con gloria morir.

 

¡Oíd, mortales!, el grito sagrado
libertad, libertad, libertad!
Oíd el ruido de rotas cadenas
ved el trono a la noble igualdad.
Se levanta a la faz de la Tierra
una nueva y gloriosa Nación
coronada su sien de laureles
y a sus plantas rendido un león.

 

De los nuevos campeones los rostros
Marte mismo parece animar
la grandeza se anida en sus pechos
a su marcha todo hacen temblar.
Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor
lo que ve renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor.

 

Pero sierras y muros se sienten
retumbar con horrible fragor
todo el país se conturba por gritos
de venganza, de guerra y furor.
En los fieros tiranos la envidia
escupió su pestífera hiel.
Su estandarte sangriento levantan
provocando a la lid más cruel.

 

¿No los veis sobre Méjico y Quito
arrojarse con saña tenaz,
y cuál lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y La Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto y llantos y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?

 

A vosotros se atreve, argentinos
el orgullo del vil invasor.
Vuestros campos ya pisa contando
tantas glorias hollar vencedor.
Mas los bravos que unidos juraron
su feliz libertad sostener,
a estos tigres sedientos de sangre
fuertes pechos sabrán oponer.

 

El valiente argentino a las armas
corre ardiendo con brío y valor,
el clarín de la guerra, cual trueno,
en los campos del Sud resonó.
Buenos Aires se pone a la frente
de los pueblos de la ínclita Unión,
y con brazos robustos desgarran
al ibérico altivo león.

 

San José, San Lorenzo, Suipacha.
Ambas Piedras, Salta y Tucumán,
la colonia y las mismas murallas
del tirano en la Banda Oriental,
son letreros eternos que dicen:
aquí el brazo argentino triunfó,
aquí el fiero opresor de la Patria
su cerviz orgullosa dobló.

 

La victoria al guerrero argentino
con sus alas brillantes cubrió,
y azorado a su vista el tirano
con infamia a la fuga se dio;
sus banderas, sus armas se rinden
por trofeos a la Libertad,
y sobre alas de gloria alza el Pueblo
trono digno a su gran Majestad.

 

Desde un polo hasta el otro resuena
de la fama el sonoro clarín,
y de América el nombre enseñando
les repite: ¡Mortales, oíd!
Ya su trono dignísimo abrieron
las Provincias Unidas del Sud!
Y los libres del mundo responden:
¡Al gran Pueblo Argentino, salud!